SANTO DOMINGO. Aunque esté en pleno auge, algunos han criticado al componente inmobiliario de la industria turística por sus alegados daños ambientales. Pero al ser éste un pujante renglón de inversión extranjera, estos supuestos "daños" tendrán que enjuiciarse serenamente. El país no puede prescindir de las divisas, los empleos y las visitas repetidas que conlleva.
La expansión del turismo, ya la mayor industria mundial con el más rápido crecimiento que cualquier otro sector, está detrás del fenómeno inmobiliario. Sin embargo, es la creciente sofisticación de los viajeros, especialmente los vacacionistas, lo que genera la demanda por productos y servicios de ese tipo. También las empresas meramente inmobiliarias ahora invierten en turismo para crecer y seguir a su clientela.
Estas tendencias de mercado han hecho surgir los complejos turísticos integrales. En ellos los hoteles se acompañan de los productos inmobiliarios (villas, residencias, apartamentos, cabañas, centros comerciales, culturales, de convenciones, de salud, etc.) y de facilidades y servicios de entretenimiento (golf, marinas, etc.). Los proyectos resultantes se dirigen a los segmentos más altos de la demanda, pero también a jubilados y gente que gusta de segundas casas.
Para captar nuevos segmentos también se ha fragmentado la propiedad de los productos inmobiliarios. El resultado ha sido el "tiempo compartido", una modalidad que permite el usufructo por solo un periodo de tiempo al año y, al requerir una menor inversión, multiplica los potenciales adquirientes. Abarca desde los clubes residenciales que apelan a los más ricos hasta los condohoteles y los apartahoteles y es el subsegmentos de mayor crecimiento.
México y España han sabido aprovechar bien esta derivación inmobiliaria. Un millón de estadounidenses poseen segundas casas en México, mientras otro millón de extranjeros las tienen en el sur de España. Pero también Centroamérica –especialmente Costa Rica y Panamá- y Brasil se han lanzado al ruedo.
